Deja sus zapatos tirados en el living, sus medias sucias arriba de la silla y sus papeles sobre toda la mesa del comedor. No, no se trata del niño, el culpable es el hombre de la casa.
Y bueno, él no es perfecto. Nadie lo es. ¿si se tiene tanta paciencia con los hijos por qué no se la puede aplicar a los esposos? Los mismos valores a los que recurrimos para solucionar los problemas con los niños pueden ser utilizados para enriquecer a la pareja:
El clima del hogar se vuelve más positivo cuando se logra aceptar e incluso valorar los malos hábitos de los esposos.
Algunas veces lo mejor es sonreír y aguantar. Esperar la perfección es un camino para decepcionarse.
Así como a veces permitimos ir un paso atrás para que los niños aprendan de sus errores y lo intenten de nuevo, también es importante dar el espacio necesario para que la pareja crezca y madure.
No hay mejor manera para suavizar los golpes de la vida adulta. Las parejas exitosas por lo general se ríen juntos para liberarse un poco de la seriedad de la vida y las obligaciones cotidianas.
¿Sí jugamos con los niños cuando nadie nos ve por qué no podemos hacerlo también con nuestros esposos? Permitirse la broma, el juego y disfrutarse el uno al otro puede ser muy sano para la relación.
En la medida en que nos damos cuenta de que los niños necesitan que se les valore sus buenas acciones mientras van aprendiendo, también es útil a la hora de alentar a la pareja cuando sea necesario.
Es importante comenzar a valorar los comportamientos de todos los días para así motivar la relación. Por ejemplo: “Me encantó que me ayudes con el niño mientras yo preparaba la cena”.
Al atender las necesidades de los más pequeños, automáticamente se aprende sobre la empatía.
Entender qué es lo que quiere decir un niño de un año que llora y patalea es un excelente ejercicio para practicar la sensibilidad hacia la pareja. Mejora la comunicación no verbal y permite entender aquello que tu esposo trata de que entiendas pero no lo dice en voz alta.
Como madre una aprende que el niño cambia constantemente a medida que crece y que es necesario adaptarse a ello.
Lo mismo sucede con la pareja, reflexionar y adaptarse al cambio es esencial para sostener la relación. Se necesita energía, buena predisposición y, por sobretodo, paciencia.
Los niños enseñan a sus padres la habilidad para controlar sus acciones. Cuando los hijos se comportan mal, ellos deben morderse la lengua y seguir la corriente para no perder la cabeza. Esa misma cualidad de auto-control se puede aplicar a la relación para fortalecerla.
Cuando una pareja se transforma en padres, se maravillan por la persona que han creado. La paternidad une a la pareja fuertemente ante un proyecto en común.
En muchas relaciones tener un hijo es el primer momento en que la pareja comienza a hablar sobre valores y creencias para conectarse realmente.
Para algunos es como una maduración instantánea cuando comprenden que ya no se trata sólo de atender las necesidades propias.
Fuente: Parenting
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